

Señora Presidenta, Señores y Señoras:
Quiero, ante todo, mostrar nuestro agradecimiento a la Presidenta del Parlamento Andaluz, Dña MARÍA DEL MAR MORENO, por honrarnos y apoyarnos con su presencia en este acto que tiene para nosotros un especial significado.
De su largo Currículum, voy a destacar solamente algunos aspectos. Abogada de profesión, Diputada de Partido Socialista Obrero Español por la circunscripción de Jaén, es actualmente Presidenta del Parlamento de Andalucía, elegida por unanimidad de la Cámara Autonómica desde el 31 de Marzo de 2004.
Ingresó en el PSOE en 1991. Fue Secretaria de Comunicación de la Comisión Ejecutiva Provincial de Jaén (1993-1994), del Comité Federal del PSOE desde 1996 y Presidenta de sus sesiones en el período 2000-2004. También, en este período fue Vicesecretaria General del PSOE de Andalucía.
En la actualidad es miembro nato de la Ejecutiva Regional del PSOE de Andalucía y vocal de la Ejecutiva Federal del PSOE, surgida tras el XXXVI Congreso del Partido Socialista.
Fue Delegada Provincial de Trabajo y Asuntos Sociales de la Junta de Andalucía (1994-1996) y Delegada del Gobierno de la Junta de Andalucía en Jaén (1996-2000).
El ser la Primera Mujer Presidenta del Parlamento es un hecho muy importante para las mujeres y para la sociedad andaluza pero quiero destacar algunos aspectos cualitativos de su personalidad política.
El día de la toma de posesión como Presidenta, María del Mar Moreno pronunció un discurso que fue muy comentado por sorprendente. En tres párrafos de su discurso me voy a basar para hacer algunos comentarios que nos acercan a su pensamiento:
En ese discurso, se reconoce en los valores del feminismo como movimiento social transformador. Se declara heredera de las pioneras que lucharon por un mundo igualitario. Aquellas mujeres ilustradas, sufragistas y precursoras del feminismo actual, a las que debemos gran parte de los derechos y libertades que gozamos. Ella dijo:
…También me gustaría que la especial visibilidad que otorga a mi género la presidencia del Parlamento andaluz, sirva para iluminar un pasado de sacrificios y conquistas anónimas de todas las mujeres que han luchado por nuestro empoderamiento, pero sobre todo espero que me permita seguir removiendo obstáculos y abriendo puertas a la igualdad y a la colaboración leal entre hombres y mujeres.
Lo que hacemos las mujeres puede ser significativo y valioso, sea igual o no a lo que hacen los hombres, pero depende de cómo lo hagamos. Se crea orden simbólico con el modo de vivir, de hablar, de amar, de relacionarse, de trabajar, de ejercer el poder o de crear cuando todo eso se hace significativo, cuando no es "más de lo mismo" y, por tanto, podemos asignarle una significación diferente. Aunque lo difícil es, precisamente, hacerlo significativo. Tan difícil como "hacer visible lo invisible", lo que exige una política consciente por nuestra parte. Ella, desde esa consciencia, señala:
Ya en el siglo XV, decía Melibea en la celebre tragicomedia de Fernando de Rojas que no quería casarse para huellas de hombre repisar. Yo traigo al Parlamento andaluz del siglo XXI la intención de ejercer el poder no para repisar huellas de hombre sino para dejar huellas propias de mujer que sumen y sigan haciendo camino.
El feminismo es una opción política fundamentada en una ética que tiene como principio que lo privado merece el mismo respeto que lo público o, mejor dicho, que lo público no puede ejercerse sobre el desprecio de lo privado. Hablo de lo privado como privacidad, como derecho a la atención, al cuidado, al respeto a los otros y por parte de los otros, y también de los poderes públicos. Esto es una demanda de calidad democrática, de obligaciones cívicas por parte de los representantes del pueblo. Por eso, María del Mar dice:
…..La crispación, los malos modos, la mentira, la soberbia, la intolerancia no son ajenas a la sociedad... pero debieran ser ajenas a este Parlamento si nos empeñáramos realmente en prestigiar la actividad política…
……No hay poder que merezca respeto y obediencia si no se pone al servicio del bien, es decir, si no se ejerce con bondad. Deseo que la bondad prevalezca en esta Cámara: bondad en las ideas, bondad en las leyes, bondad en el ejercicio del poder
El feminismo nos ha enseñado que el mundo público al que nos sumamos es un mundo construido desde la experiencia masculina.
María del Mar dota la paridad de contenidos diferenciadores, que suponen la no asimilación y reproducción de los valores masculinos y el aporte de un bagaje no esencialista sino cultural, diferente, tan necesario para seguir construyendo valores de futuro.
Estos modelos nos abren unas posibilidades mucho más creativas: al no tener como aspiración la igualdad en el sentido aculturación-masculinización, se amplía el panorama de las elecciones, de los caminos ignotos, de las experiencias insólitas, de la libertad sin etiquetas.
Es una ética fundada en valores que no están definidos pero que tendremos que ir definiendo. Cuando podamos hacerlo, serán los varones los que tendrán que comenzar a plantearse parecerse más a nosotras.
Muchas gracias. Le cedo la palabra a la Sra Presidenta
E. Barrio. Granada, Junio de 2007
Intervención de Dña Mª del Mar Moreno, Presidenta del Parlamento Andaluz
Es una satisfacción inmensa compartir esta agradable tarde veraniega en la ciudad de Granada y en un lugar de encuentro tan prestigioso como el Forum de Política Feminista. Hacerlo en presencia de mujeres como Emilia Barrio a quien agradezco su invitación, de mujeres como Begoña San José, como Concha Caballero a quien tanto admiro o como mi querida compañera Elia Maldonado, aumenta considerablemente esa satisfacción.
La conferencia que se me propuso impartir se llama “Experiencia y compromiso de género”. Creo que esas dos palabras “experiencia” y “compromiso” son un magnifico punto de partida para hablar de feminismo, para hablar de dónde estamos y hacia dónde vamos o podemos ir las mujeres.
El concepto de experiencia me sugiere y recuerda algunas ideas. La primera de ellas es que somos la juventud del poder. Las mujeres acabamos de llegar al poder en términos históricos y dicha evidencia conlleva tanto ventajas como desventajas.
Que somos la juventud del poder puede acreditarse fácilmente viendo cualquier institución política, económica, académica o social. En el Parlamento de Andalucía, las parlamentarias tienen una media de edad casi diez años menor que la de los parlamentarios, y lo mismo podría afirmarse, no ya de la judicatura donde la edad está intrínsecamente aparejada a la promoción, sino de cualquier otro ámbito de toma de decisiones. Las mujeres empresarias son menos y más jóvenes, las catedráticas son menos y más jóvenes, etc, etc.
Nuestra juventud en el poder, nuestra “falta de experiencia colectiva” en lo público nos permite encarar el futuro con mucha más frescura, menos prisioneras de roles o hábitos tradicionales del empoderamiento. Todavía no creemos que el poder nos pertenece, como le sucede a los hombres y eso nos da una relación íntima de interinidad con el poder que puede resultar ventajosa en términos de virtudes públicas.
Por el contrario nos enfrentamos a una duradera masculinización de los centros de poder. La pirámide jerárquica de cualquier organización es escandalosamente masculina, los números uno siguen siendo abrumadoramente hombres, y no es sólo una cuestión cuantitativa. El poder se ha detentado de una forma estereotipadamente masculina, si se me permite la expresión “muy unida a la testosterona”. Todas las que tenemos o hemos tenido este tipo de experiencia sabemos que los centros de poder no son lugares en los que brille la comunicación personal, la cordialidad, el afecto, la confianza, la vocación de servicio o la inteligencia emocional. Más bien son todo lo contrario, el poder se ha ido vistiendo con las ropas de la masculinidad peor entendida, competitividad, falta de cooperación, relaciones personales de baja calidad, escasa expresión de emociones..., produciendo ambientes abiertamente hostiles a la forma de relacionarnos de las mujeres.
Es bien paradójico que si la misión de la política es continuar humanizando a la sociedad, los procesos y las dinámicas internas de los centros de poder sigan siendo bastante inhumanos.
Con respecto a la experiencia tengo una visión optimista pero cautelosa. Se está produciendo cantera. Los ayuntamientos son viveros de nuevas mujeres dedicadas a la política, las universidades son viveros de futuras académicas influyentes, la pequeña y mediana empresa es un vivero de emprendedoras. La cuestión es si seremos capaces de ganar experiencia colectiva en el ejercicio del poder sin mimetizar los modelos masculinos o, por el contrario, envejeceremos en el poder reproduciendo los defectos actuales.
Y esta última reflexión me lleva al concepto de “compromiso”.
Es verdad. Comenzamos a ser masa crítica, pero la pregunta más incómoda es similar a la anterior ¿se nota o debe notarse la presencia de las mujeres en la toma de decisiones?
Nunca he pensado que la mujer sea un ser intrínsecamente bondadoso, ni que nuestra misión sea conducir a los seres humanos a la perfección que nace de nosotras. Las mujeres tenemos idéntico derecho a decidir que los hombres y, por ello, idéntico derecho a equivocarnos. Pero es pronto –en términos históricos- para renunciar a los sueños.
Creo que todas las mujeres, tanto las actuales como las de generaciones venideras, tenemos la obligación de no olvidar nuestro cercano e injusto pasado, así como el deber de seguir siendo molestas al sistema.
Ser molestas es tan delicioso como peligroso. Es delicioso porque produce satisfacciones inefables; ese regusto que produce la rebeldía es difícil de encontrar en la docilidad, y es delicioso porque es virtuoso por solidario. Pero al mismo tiempo nos vuelve más vulnerables. Somos tremendamente vulnerables a causa de que la cooptación sigue siendo el mecanismo más habitual de promoción. Somos tremendamente vulnerables en tanto en cuanto nuestro “desinterés genético” por mandar nos envuelve en esa especie de debilidad de lo racional cuando los ámbitos de poder siguen siendo verdaderos campos de batalla. Somos tremendamente vulnerables porque a casi ninguna nos complace entregar el cien por cien de nuestro tiempo al ejercicio del poder. Valoramos otros elementos como la familia, el amor, las relaciones sociales, el ocio, y el valor de esos conceptos tampoco nos hace ser las más competitivas.
Seguimos siendo vulnerables individualmente hablando, pero en conjunto somos una gran y novedosa inteligencia puesta en acción cuya defensa es ya políticamente correcta y comienza a ser más poderosa de lo que nos creemos.
El compromiso nos obliga a trabajar más. Llevamos mucho tiempo denunciando la doble carga de trabajo que soportan las mujeres en general. Pues bien, en la política sucede algo parecido. El compromiso todavía nos obliga a llevar una doble mochila política en la espalda; una, cargada de los asuntos generales que nos interesan y apasionan a hombres y mujeres por igual: el medioambiente, las infraestructuras, el desarrollo económico, la solidaridad… y otra, mochila adicional, que es la de la igualdad. Cualquier varón puede especializarse en una materia, a una mujer se le exige sea cual sea su especialidad ser una experta en género, a cualquier mujer se le exige preocuparse y hacer política en los temas generales pero además hacer política de género. Esto es así y, a mi juicio, así debe seguir siendo, porque somos una generación de mujeres de tránsito ocupada de la causa general y de la causa de las mujeres, bastante en solitario, por cierto, más allá de la credibilidad personal de una minoría de hombres dirigentes.
Lo cierto es que nuestra experiencia y compromiso han dado ya resultados reales en términos de igualdad. Sería injusto con nuestra propia labor no reconocer los avances que se han producido en la agenda de la igualdad, en materia de educación, en materia legislativa, en materia de derechos civiles y políticos, en la afortunada conversión de la violencia machista en un asunto público. Tantas cuestiones que preocupaban a nuestras abuelas y que hoy están felizmente superadas.
Nuestra experiencia y compromiso nos debe mantener ocupadas en la agenda de mayor actualidad: conciliación, violencia machista, estereotipos sexistas que perviven, promoción, discriminación laboral, etc.
Y nuestra experiencia y compromiso nos lleva a anticipar los nuevos asuntos que comienzan a emerger y que tienen un notable impacto de género. Entre ellos me atrevo a destacar, por su evidente importancia, el fenómeno de la inmigración y de la convivencia con otras culturas que importan hábitos y costumbres retrógrados en clave de género, el debate creciente sobre la natalidad, en el que tanto se desatina y que personalmente entiendo como una amenaza, por los valores profundamente conservadores que esconde, y la respuesta tan poco creativa que se da desde la izquierda, la propia vulnerabilidad de la democracia, el creciente poder del mercado en la sociedad global, mercado que jamás atenderá nuestras reivindicaciones de igualdad.
En todo occidente se está produciendo una involución ideológica de gran calado. El fracaso de la constitución europea, el traslado de la escasa democracia internacional a foros elitistas y no democráticos como el G8, la banalización de la comunicación social y su exitoso empeño en fomentar una cultura de masas que nos es completamente adversa, la opulencia en la que vivimos y que nos vuelve tan insolidarios y a la vez tan débiles en la defensa de todo valor que no cotice en bolsa.
Estos asuntos forman ya parte de la agenda del feminismo.
Lo peor que le puede pasar a una causa es que pierda partidarios por entenderla superada.
La igualdad todavía no existe, no en su dimensión civilizadora y justa con todas las mujeres. No hay más que mirar en nuestras propias vidas, visitar los barrios más humildes, salir fuera del ámbito de la administración publica y penetrar en los centros de trabajo menos especializados, ver la televisión, ir al cine, por no hablar del panorama internacional.
Con nuestra creciente experiencia y con nuestro compromiso intacto, la verdad, creo que no nos vamos a aburrir. Muchas gracias
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